Como
cuando el adicto rompe con el vicio,
así
de dura es la preparación para el adiós.
Es
intenso el proceso que se vive dentro.
Brotan
las lágrimas en soledad
mientras
te miras al espejo
y
tratas de capturar cada sentimiento provocado,
cada
visión,
cada
palabra que te impactó,
cada
memoria de la cual fuiste participe,
cada
conversación.
Es
ardua preparación porque es un duelo que solo
libras
tú.
!ADIÓS
A LA VIDA PORTEÑA!
Debes
decirle adiós al cuadro que te hizo compañía cada noche.
A
la lámpara que alumbró tu relación de amor y odio con la vida en general.
Debes
decir adiós a los señores del café,
a
la compañera de casa,
al
que te saludaba cada vez que entrabas a tu apart-hotel,
tu
hogar.
Debes
decir adiós
esta vez para siempre
a
la señora de la lavandería,
que
todas las mañanas estiraba su brazo por entre las rejas azules,
y
te auguraba un buen día.
Adiós
a las calles,
al
miedo-seguridad que viviste mientras las caminabas,
al señor que dormía en su casa improvisada
fuera del edifico abandonado
de la avenida Independencia.
Debes
decir adiós y dar gracias a la vida porteña
por sus enseñanzas.
!ADIÓS!